Rafael Alvazález
Batman salva México-Tenochtitlan de la invasión española. En esta sola frase se puede reseñar el argumento de Batman Azteca: Choque de Imperios. Ni en mis sueños más salvajes puede proyectarme viendo una película —y en la pantalla grande— que conjuntara dos de mis grandes aficiones, tan dispares entre sí: el universo de los superhéroes de la tradición estadounidense y la historia de la Conquista de México. La conjunción de ambas cosas, tan bizarra —en la acepción inglesa de la palabra— como parece, ha producido una película que no decepciona. Por supuesto, quien se acerque a Batman Azteca en busca de
precisión histórica sería tan ingenuo como quien acerca un dedo a la flama esperando no quemarse. Sin embargo, la mayor cualidad de este filme animado, a mi parecer, es justamente su capacidad de tomar episodios concretos de la Conquista, mezclarlos entre sí y con el lore de Batman para crear su propia historia anacrónica, ucrónica, fantástica a veces, sui géneris sin duda, pero verosímil.
No pretendo escribir una reseña puntual de la película, sino más bien un comentario crítico. Así pues, respecto a la trama me limitaré a sintetizarla así: seguimos la historia de Yohualli-Coatl (Bruce Wayne), noble indígena que ha perdido a su madre previamente y que pierde a su padre a manos de Hernán Cortés (Two Faces) durante el primer contacto de los españoles con su tribu en las costas del Golfo de México1. Gracias al auxilio divino de Hiedra del Bosque (Poison Ivy), Yohualli llega a México-Tenochtitlan, a la casa de su padre que allí resguarda un vasallo suyo, Acatzin (Alfred), y a partir de entonces se
dedicará a entrenar y a hacerse un lugar entre los guerreros mexicas con la intención de enfrentar a los españoles, que eventualmente llegan a Tenochtitlan. Se suceden entonces una serie de peripecias que involucran al sumo sacerdote mexica, Yoka (Joker), a una mujer jaguar (Cat Woman), Pedro de Alvarado (Red Hood), Moctezuma, Cortés y al propio Yohualli, quien en su lucha contra los invasores asume los atavíos de Tzinacan, el dios murciélago que su familia tradicionalmente ha venerado. La batalla final entre ambos bandos se da en un episodio que remeda la Noche Triste y termina con la victoria de Yohualli a costa de su (aparente) muerte, así como con el llanto de Cortés ante su derrota
—bajo un ahuehuete, claro, como dicta la leyenda—, pero la promesa de su vengativo regreso gracias a la ayuda de Yoka y otros antagonistas nuevos, como los tlaxcaltecas —que en este filme brillan por su ausencia.
Como se colige de esta síntesis, se trata de una ficción maniquea, de héroes
(mexicas) contras villanos (españoles), donde la clásica historia de origen de Batman se narra ambientada en la época de la caída de la antigua capital tenochca. A fuerza del sustrato superheroico de uno de los mitos más famosos del cómic norteamericano, tal maniqueísmo era prácticamente inevitable. Pero a pesar de esta aparente simplicidad, la forma en la que Batman Azteca ha conjuntado ambos universos nos habla de interesantes perspectivas que dialogan con la historia de la Conquista de México y evidencian la recepción de esta en la actualidad. Me centraré únicamente en dos de estos sincretismos
narrativos —por hacer eco de otros sincretismos más históricos—, los que considero el mejor y el peor logrados de la película.
Primero el mejor: la atinada correspondencia o sincretismo entre Hernán Cortés y
Two Faces. Este es un acierto que ha sido señalado en medios periodísticos y redes sociales por igual, pues basta con saber algo de historia para reconocer en la ambivalencia de Cortés una cualidad afín al capricho del azar, característico de dicho villano de Batman. En las numerosas alianzas con y matanzas de indígenas, el capitán extremeño muestra una actitud que podría llamarse pragmática la mayoría de las veces, pero que otras deja lugar a dudas sobre la escala de su cruento e insensible actuar, como en la Matanza de Cholula. Una manera de explicar esta ambivalencia del personaje histórico y de insertarlo al mismo
tiempo en un mundo regido por un Batman prehispánico, es justamente relacionarlo a la devoción por el azar de Two Faces, lo que cobra aún mayor simbolismo a través del elemento de la moneda que el personaje del cómic utiliza para tomar sus decisiones2, ya que este Cortés-Dos Caras —hasta el nombre suena bien— usa una moneda de oro, que en el filme será remarcado una y otra vez como el móvil principal y casi único de los españoles. Ahora bien, si hablásemos en términos históricos, dicho móvil de la Conquista requeriría de
varios matices, el evangélico sobre todo, pero, de nuevo, estamos ante una ficción maniquea en la que retratar a los españoles como villanos que solo buscan saquear las tierras que recién han descubierto es casi lógico porque guarda verosimilitud con esta actitud que los europeos del siglo XVI sí tuvieron respecto a América; valga recordar, si no, el famoso sintagma de “rescatar oro” tan repetido en las crónicas de Indias.
Sin embargo, no se puede ignorar que este retrato de los conquistadores perpetúa la llamada leyenda negra antiespañola, originada por ellos mismos —recuérdese a fray Bartolomé de las Casas— pero consolidada y difundida mayormente por Inglaterra y Francia cuando estas quitaron la hegemonía política a España a partir, sobre todo, del siglo XVIII y ahora perpetuada por la industria mediática de la potencia hegemónica (todavía) en turno. Lo visto en Batman Azteca demuestra que la leyenda negra sigue vigente, quizá incluso con mayor fuerza ahora, y esto, para el pueblo mexicano, no es menos que lamentable porque continúa negando y demonizando una de nuestras principales raíces
étnicas y culturales: la española. No obstante, lo que rescato de la película de DC es que esa visión maniquea de los españoles, y de Cortés en particular, se hace no solo para victimizar al indígena mesoamericano, como en la mayoría de la historiografía y la literatura, sino para contrastarlo (super)heroicamente con él a través de la figura de Yohualli, nuestro Batman azteca, en lo que es una revalorización positiva de las culturas mesoamericanas que se percibe en toda la cinta. No me detendré mucho en esta última cuestión ya que es un tema basto, pero sí señalaré que, si bien aplaudo tal revalorización, corre el riesgo de caer
en idealizaciones o leyendas rosas de los mexicas y a invisibilizar y/o condenar, una vez más, al resto de pueblos mesoamericanos que también participaron y padecieron la Conquista. Mas esto ya se verá claramente una vez que Xicoténcatl el Joven y los tlaxcaltecas, anunciados en voz baja por Cortés bajo el árbol de la Noche Triste, aparezcan en pantalla.
El segundo sincretismo de Batman Azteca, el que me pareció menos logrado, es del Joker con un caído sumo sacerdote de México-Tenochtitlan. Aquí debo hacer una precisión: no es la correspondencia entre el Joker y este ficticio sumo sacerdote lo que considero mal logrado, con todo y que incurre en el anacronismo de dividir el poder político del religioso que poesía la figura del huey tlantoani mexica. De hecho, este aspecto debe ser una decisión premeditada, pues de esta manera se descarga parte de la culpa que históricamente se le ha achacado a Moctezuma al considerar que su prurito religioso en un principio le impidió tomar acciones más contundentes contra los invasores. Esto, en cambio, se canaliza en la figura de Yoka, sacerdote sumiso y “el elegido” de Huitzilopochtli quien insiste en ordenar que los españoles sean venerados como dioses. Hasta este punto del desarrollo de la historia de Yoka, tanto el sincretismo entre ambos universos, de superhéroes e histórico, me parece verosímil, lo cual empieza a flaquear cuando se desarrolla el descenso a la locura de Yoka. Moctezuma lo destierra al darse cuenta de sus malos consejos y su porfía en considerar teules o dioses a los españoles. Nuestro Joker azteca regresa a su casa, donde masacra a su familia a petición de su dios,
quien pronto se revela que en realidad se trataba de Tezcatlipoca haciéndose pasar por Huitzilopochtli. Así se explica la caída a la locura de Yoka. La cuestión de la masacre es justificable hasta cierto punto sacando a colación los conocidos sacrificios rituales mexicas, aunque esto es discutible. Lo realmente es confuso, a mi parecer, es la motivación de Tezcatlipoca para engañar a Yoka.
En un esfuerzo por encontrar correspondencias, se podría pensar en el mito del rey-dios Quetzalcóatl, en el cual es justamente Tezcatlipoca quien engaña a aquel para que deje su señoría en Tula, pero incluso en este mito, el móvil de Tezcatlipoca es la envidia; en cambio, el que engaña a Yoka nunca explica su motivación, se presenta como un simple embustero, lo cual sí corresponde a una actitud propia de esta deidad, simplificado a veces como el “dios del engaño”, pero se hace sin una verdadera explicación, consiguiendo que todo el descenso a la locura de Yoka sea de una gran ambigüedad y con pocas correspondencias con alguno de los orígenes del personaje de los cómics3. Empero, en vista de que Yoka tendrá un papel en la segunda entrega de la película, esta vez ya como aliado explícito de Cortés, quizá el móvil de Tezcatlipoca y el que Yoka sea “su elegido” queden aclarados, pero así como se retrata en esta primera parte, se trata de la pierna de la que más cojea la historia. Y es que no era una tarea sencilla sincretizar el nihilismo posmoderno del Joker con alguna antigua creencia del México prehispánico; si esta cuestión finalmente quedara al aire, no sería de sorprenderse.
Batman Azteca: Choque de Imperios presenta muchos otros sincretismos
interesantísimos entre el mundo de los superhéroes y el de la historia de México,
comenzando, por ejemplo, con su propio título: la decisión de usar azteca en lugar de mexica seguramente se debe a cuestiones comerciales, pero daría pie a una rica discusión; lo mismo el uso de la palabra imperio en el subtítulo. Pero no iré por ese camino, pues es muy largo para estas líneas.
Quisiera terminar este breve comentario crítico celebrando que una película de esta categoría y capacidad de distribución se haya dado el tiempo de investigar tan diligentemente los sucesos históricos y cultura de los que parte para crear su ficción, lo que no solo se refleja en estos sincretismos de los que he hablado, sino también en su discurso visual, tan apegado al estilo de obras prehispánicas que tuvo que pagar por derechos de reproducción de monumentos al INAH, según se dice al final de los créditos. Pero sobre todo celebro la mera decisión de dar vida a un Batman prehispánico que desde la atalaya de la cultura pop permita a las nuevas generaciones —y a las viejas también— identificarse con el rol de héroes y no solo con el de víctimas. Y que una ficción histórica siga hablando sobre realidades actuales.
- No quiero dejar de señalar que en el titulillo donde aparece este topónimo, al inicio de la película, este se presenta como el “Golfo” a secas, lo que inevitablemente hace eco de la aún reciente controversia respecto al
renombramiento de este cuerpo de agua que el gobierno de los Estados Unidos de América promueve imperial y anacrónicamente. El dilema es evidente: ¿una producción gringa inspirada en la historia mexicana
por cuál forma se decantaría? Optaron por la neutralidad política, al menos en la pantalla grande de México –único país en el que el filme llegó a los cines–, faltaría ver si esta decisión se mantiene también en el streaming y otros medios de distribución, sobre todo en el país del norte, o si fue una mera deferencia para evitar controversias en suelo mexicano al momento del estreno. ↩︎ - El que la correspondencia entre Cortés y Two Faces “estaba cantada” puede verse también en que el segundo elemento característico de este personaje, su deformidad en una mitad de su rostro, cuando ocurre en el Cortés
de este universo como resultado de un primer enfrentamiento con la mujer jaguar y Yohualli, no implica un cambio de personalidad radicial, como con Harvey Dent, sino un mero recrudecimiento de sus acciones bélicas, cuyo culmen es el legendario “Incendio de las naves” que realiza para que nadie de su hueste pueda volver a Cuba y todos continúen su empresa de conquista. Pero realmente su motivación y personalidad no cambian. ↩︎ - Las mayores correspondencias son detalles: la conocida tez blanca del Joker es obtenida por Yoka ya que pinta su cara con las cenizas de su familia masacrada y calcinada, y completa su “maquillaje de payaso” pintándose los labios con su propia sangre, en otra especie de sacrificio. Por su parte, cuando Yoka regresa a su casa, afligido por su destierro, su madre le pregunta: “¿Por qué tan triste?”, diálogo que evidentemente es una referencia al “Why so serious?” del Joker interpretado por Heath Ledger. ↩︎
Rafael Alvazález. Ciudad de México, 1993. En 2020, participó en el XVI Diplomado en Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. Actualmente cursa el Doctorado en Letras en la UNAM. Ha publicado artículos académicos y ediciones críticas de textos áureos y novohispanos. Ha publicado prosa, verso y dramaturgia en revistas como Destiempos, Marabunta, Sombra del aire, Sarape de Neón, entre otras. En 2022 publicó de manera independiente el libro [Mal]viajes en el tiempo, compilación de cuentos de ciencia ficción con temáticas retrofurturistas inspiradas en la historia de México. Actualmente, prepara la antología de ficción especulativa Mundos Implícitos junto con Héctor Sapiña.


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